En el tumulto de los húsares de Momo, encandilado por las luces de otro barrio, aquel murguista saludando con su gorro, se despedía, como siempre, del tablado. Entre la nube de pintados chiquilines, vió la sonrisa que enviaba una princesa, entre los rostros de mezclados colorines, dudó si era para él la gentileza. Y por si acaso dedicó una reverencia a la muchacha que en la noche se quedaba. En el momento de partir la bañadera, volando un beso se posaba en su ventana. Y paso a paso la ansiedad lo malhería, quedaba poco del nocturno itinerario, uno tras otro los cuplés se sucedían, se retiraban del último escenario. Tiró el disfr...