Una noche de invierno no muy lejos de aquí, alcé la vista al cielo, juraré todo aquello que vi. Como un fugaz pensamiento aquel resplandor un inmenso estallido de luz, llamemóslo así, el fulgor. Y hablé con el maestro, y hablé con el doctor, pregunté a los marineros, pregunté hasta al enterrador. Pero no, nadie más lo vió, nadie allí. Y no, nadie lo vió, salvo yo. El maestro montó en cólera y agitando frente a mí una cruz chillo: "no hubo en la escuela criatura más malvada que tú." El doctor me dijó: "sigue así y pronto acabarás enfermo de cuerpo y mente, aislado de la humanidad." Los viejos marineros parecían creer en mí, per...