No es lo mismo el otoño en Mendoza, hay que andar con el alma hecha un niño. Comprenderle el adiós a las hojas y acostarse en su sueño amarillo. Tiene el canto que baja la acequia una historia de duendes de agua. Personajes que un día salieron a poblarnos la piel de tonadas. La brisa traviesa se ha puesto a juntar suspiros de nubes cansadas de andar. Esta lluvia que empieza en mis ojos no es más que un antojo de la soledad. Es posible encontrar cada nombre en la voz que murmuran los cerros. El paisaje reclama por fuera nuestro tibio paisaje de adentro. Ser la tarde que vuelve en gorriones a morirse de abrazo en el nido y tener ...